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Adorni: ¿El hombre de paja?(Por Lic. Faustino Duarte) Hay momentos en la vida política de los pueblos en que el poder deja de discutir la realidad y empieza a discutir contra fantasmas fabricados por él mismo. La administración de Javier Milei, con Manuel Adorni como una de sus figuras comunicacionales más visibles y hoy jefe de Gabinete, ha convertido esa práctica en método de gobierno: responder menos a los problemas concretos de la Argentina que a una versión deformada de sus críticos. En la vieja retórica se conoce como “hombre de paja” a esa maniobra argumentativa por la cual alguien no contesta el argumento real, sino una caricatura conveniente de ese argumento. No se discute con el adversario verdadero, sino con un muñeco armado para ser vencido fácilmente. Se exagera, se ridiculiza, se simplifica y luego se presenta esa derrota artificial como si fuera una victoria intelectual. Eso ocurre cuando el gobierno, ante el dolor social provocado por el ajuste, no responde sobre salarios, jubilaciones, tarifas, empleo o producción. Responde diciendo que todo cuestionamiento es defensa de “la casta”, nostalgia del déficit, resistencia al cambio o miedo a la libertad. Allí aparece el hombre de paja: nadie serio defiende el desorden fiscal como destino nacional, pero tampoco puede aceptarse que el equilibrio se construya sobre el sacrificio permanente de los más débiles. Adorni expresa con claridad esa pedagogía del desvío. Su lenguaje busca impacto, no comprensión. Sus intervenciones suelen ordenar la discusión pública en términos de burla, superioridad moral y simplificación. Allí donde debería haber explicación institucional, aparece la frase filosa. Allí donde debería haber respuesta política, aparece el gesto de redes sociales. Es una forma moderna de propaganda: no convencer por la verdad, sino cansar al otro hasta hacerlo parecer culpable. La historia argentina conoce bien estos mecanismos. Cada vez que un proyecto económico necesitó disciplinar al pueblo, primero construyó una figura enemiga. A veces fue el “cabecita negra”. Otras veces, el “subversivo”. Más tarde, el “planero”, el “ñoqui”, el “casta”, el “privilegiado” que reclama un derecho. El nombre cambia, pero la función es la misma: desplazar la responsabilidad del poder hacia una víctima social previamente caricaturizada. Desde una mirada justicialista, esa operación resulta profundamente injusta. Porque el peronismo nació, precisamente, para devolverle rostro humano a quienes habían sido convertidos en sombra por las élites. El trabajador no era una estadística. La jubilada no era un gasto. El estudiante no era una carga. La comunidad organizada no era una molestia para el mercado. Era la forma concreta de una Nación que se reconocía a sí misma en la dignidad de su pueblo. Por eso el “hombre de paja” no es solamente una falacia de manual. En política, puede convertirse en una forma de crueldad. Cuando un gobierno inventa un enemigo cómodo para no responder por el sufrimiento real, está abandonando la discusión democrática. Ya no busca persuadir. Busca descalificar. Ya no intenta gobernar con la palabra pública. Intenta administrar el enojo social como combustible de poder. El problema de fondo no es Adorni como individuo. El problema es lo que su figura representa dentro del dispositivo político de Milei: una comunicación de combate permanente, construida para negar matices, clausurar preguntas y transformar cada crítica en una amenaza. En ese esquema, quien pregunta por los jubilados defiende privilegios; quien habla de industria quiere volver al pasado; quien reclama federalismo es acusado de vivir del Estado. Pero la historia enseña que ningún país se ordena destruyendo su tejido social. Ninguna Nación se vuelve libre si sus ciudadanos viven con miedo a enfermarse, a perder el trabajo, a no llegar a fin de mes o a convertirse en descartables. La libertad no puede reducirse a una consigna de mercado. La libertad, para ser verdadera, necesita pan, escuela, salud, trabajo, comunidad y futuro. El justicialismo, con todos sus debates internos y sus propias deudas históricas, conserva una certeza que hoy vuelve a ser indispensable: la política no puede renunciar a la justicia social sin dejar de ser política. Cuando el Estado se retira de los humildes y se arrodilla ante los poderosos, no está liberando fuerzas creadoras. Está restaurando viejas desigualdades con palabras nuevas. Por eso, frente al hombre de paja, hace falta recuperar el argumento real. Nadie discute si la Argentina necesita orden. Lo que se discute es quién paga ese orden. Nadie discute si el Estado debe ser eficiente. Lo que se discute es si la eficiencia significa abandonar al pueblo. Nadie discute si hay que terminar con privilegios. Lo que se discute es por qué el ajuste siempre empieza por abajo y rara vez toca los intereses de arriba. Adorni puede seguir discutiendo con caricaturas. Puede seguir levantando muñecos de paja para incendiarlos ante una platea digital entrenada en la burla. Pero la historia no se deja engañar tan fácilmente. Más tarde o más temprano, detrás del ruido de las conferencias, de los posteos y de las frases calculadas, vuelve a aparecer la pregunta esencial: qué hicieron con la vida concreta de los argentinos. Y allí no alcanza la ironía. No alcanza el desprecio. No alcanza el enemigo inventado. Porque los pueblos pueden ser confundidos por un tiempo, pero no indefinidamente. Cuando el dolor deja de ser relato y se vuelve experiencia cotidiana, ninguna falacia alcanza para tapar la verdad: gobernar no es vencer muñecos de paja, sino responder ante seres humanos de carne, memoria y esperanza. En contraposicion , en Formosa,en la frontera misma de la Nacion, se desarrolla un modelo politico de inclusion social, sustentado en la doctrina nacional humanista y cristiana, con una gestion de un Estado presente que genera las condiciones para promover el bienestar general de todos los habitantes y constituye un faro que puede iluminar un nuevo camino de esperanza hacia un horizonte de futuro para la nacion toda. Lic. Faustino Duarte
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